


Dejamos a mis abuelos en España, con sus bártulos y sus hijos casi adolescentes
a cuestas, y la cosa sigue, aunque con fechas mezcladas de las que puedo extraer
pocas precisiones.
Dicho sea de paso, este fondo es mío, mío, mío !!
El hecho es que entre los 20 y los 30, mamá se convirtió en una chica preciosa,
delgaducha y cabal representante del glamour intelectual (y del otro) de su
época, y papá (menos afecto a dejar fotos con su vera efigie) en un periodista
"maldito", crítico de teatro temido por actores, autores y directores,con algún kilo
extra y una mirada linda que auguraba el extraordinario ser humano en que devendría
con el paso del tiempo.
Estaban hechos el uno para el otro.
De eso no quedaron dudas


Había escrito ya unos cuantos cuentos (el primero a los precoces catorce, se llamaba -y cómo se rió de ese título después!- "El roedor que delató" , y era presumiblemente policial ) y dejando de lado la construcción empecinada de radios a galena empezaba a ganar su vida y la de la Nona, que -pantalonera para Gath y Chavez- había conseguido criarlo sóla contra viento y marea. Sóla ella, su Singer a pedal, y su espalda encorvada para siempre
En la primera década del siglo Floresta era campo casi, y ellos muy pobres. Y cuando salían a entregar los paquetes pesados de pantalones debían decidir si gastaban sus únicos diez centavos en los boletos del tranvía o en un helado para papá. A veces ganaba el helado, y atravesaban los interminables baldíos , rompiendo en invierno -por entretenerse- los anchos charcos de pis de vaca congelada.
Por suerte tenían techo: la casa donde papá nació y donde nací yo (en la misma habitación,
la misma cama, lo que por cierto casi nos cuesta la vida) , la que construyó el Nono Nicolás con lo ganado en Johannesburgo
para esa familia de la que no pudo disfrutar, y que fué siempre, en nuestra memoria
"la casa vieja" de la calle Eugenio Garzón.
Mamá, Horacio y mis abuelos no lo pasaban mucho mejor. O sí. Porque cuando había trabajo........eran "ricos" , y viajaban, y se daban la gran vida. Cuando no había... el abuelo salía a trabajar de cualquier cosa (fué carbonero un tiempo) y al volver a casa por la noche dejaba sobre el viejo baúl de herrajes que había llevado los soirees de teatro a Europa una botella de leche, diciendo adusto :"Coman ustedes, yo ya cené.".
Pero sabían (como supe yo toda la vida, aún mientras mis hijos tomaban café con leche sobre ese mismo baúl que al abrirse dejaba escapar un olor maravilloso y único) que SIEMPRE la suerte cambia. Cambia de un día para otro. De un minuto a otro.
Alguien te encuentra por la calle, pasa por tu casa, o te llama......y las vacas gordas
vuelven por un tiempo.

Mamá le manda al hermano adorado su desafiante estampa.Tenía diecinueve
años o estaba por cumplirlos. A los dieciseis, había conocido a papá en el
camarín de un teatro. Ninguno de los dos se había olvidado del otro.

Quizá pensaba en el apuesto periodista al que había echado irremediablemente
el ojo, mientras posaba siempre sofisticada para las más sofisticadas
fotos de la época. Siempre en la avanzada, mi mamá, siempre a la vanguardia,
desafiando y seduciendo. Y en el mismo viaje, mi abuela Raquel Martinez, una bella
y distinguida señora.
 
Aproximadamente por esas mismas fechas, casi con seguridad antes de este viaje,
ya que Arturo García Buhr formaba parte de la compañía y está presente en esta
foto de pié, sobre la izquierda casi, papá se reunía con actores, autores (entre los
que me parece reconocer a Alejandro Berruti) y periodistas.
Había adelgazado un poco, no había empezado a perder el pelo, y estaba (al centro, en la cabecera) verdaderamente muy pintón.

El Campana con la compañía a bordo, pasó por Dakar, y mamá ("documentalista
de alma" como yo, su única hija) fotografió a los chicos que se zambullían en
busca de monedas, y a uno de los cuales compró una enorme lágrima de ámbar
que muchos años después le fué robada a mi hija Patricia en Ibiza. El pibe la
llevaba al cuello, sujeta con un tiento, y era casi translúcida,de un amarillo pálido. De mi infancia la
recuerdo ya de un vivo color naranja, posteriormente tirando a lacre, y cuando la
robaron era casi marrón, de un tono de roble viejo. De ahí concluí que el ámbar
también envejece. No sé si sirve de consuelo.

Y llegaron a Tenerife. A la mayor de las islas Canarias. Allí mamá se sacó el gusto
fotografiando al famoso volcán Teide, y aprendiendo de memoria el verso pupular:
" Como ese Teide gigante
todas las canarias son:
mucha nieve en el semblante
y fuego en el corazón...."







Allá vamos, también para que el rojo furioso no los canse.
A página siguiente, continuación de
la gira.
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personales.
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